A la rueda le has dicho contento y orgulloso. Hablas. Miras. Construyes. Te tajan con preguntas. Contestas. Te detienen. Aceptas juicios que respondes con sílaba. Afirmas. Niegas. Afirmas. Repreguntan. Vomitas. Te devuelven. Mantienes el silencio mientras lo hacen. A cada uno - sin gesto - le agradeces. Sales de la rueda. De la sala. Del sitio. Caminas salivando veneno y miserere. Entras por la boca al interior de la bicha. Apuntas en el diario que por la mano te tiene. Lees en las paredes Tribunal cuando pasa. Te bajas blasfemando. Abortas. Retrocedes. A cada tanto envías selfies como prueba de vida. Transbordas. Te equivocas. Te retrasas. Lo pierdes. Transpirando desandas el camino de vuelta. Empapas cuanto tocas. Te lías. Te revienes. Ya en el gusano ocupas un asiento al fondo. Al llenarlo - te duele: cuarenta astillas de quijada de burro te punzan los conductos do la sangre se mueve. Y a cada sístole el nombre el corazón expulsa. Y a cada diástole - coceando - al corazón - le vuelve.