La gran trampa de las preguntas que realizamos es que en su mayoría no son sino una forma de parecer preguntas. Cuando las hincamos en el otro - incluyendo en ese otro al yo - aramos un camino a la respuesta que buscamos tener. La pregunta - sin este subterfugio - se presenta pues como hoja de dos filos: el de la Humildad de querer saber y el del Abismo - uno atestado de manométricas avispas que zumban fractalmente Godot.