Vendrás y harás por elección lo que yo por elección ya quiero; y con eso el desastre estará servido. La geolocalización de la huella es la sombra de Caín y la espuma de la mujer de Boticelli en el antro pop de la pegatina erótica del alma de todos los comedores de comida rápida que es la maldición del sudor pasado por la criba de lo que debería. Lo que debería es la sangre que corre por la vena del pene que crece por toda la sala acristalada desde la esquina en que estoy clavado al cuerpo que hace veinte años era del mismo bronce que el tuyo. Nada que enseñarte: sólo el truco de aprender, lo que no te darán los apolos que te preocupan y de cuya piara yo fui parte. Vendrá una muerte y tendrá mis ojos. Mis ojos tan verdes como un pantano delante de ti. Salta tu aborrecimiento. Olvida la grima. Yo - que fui expulsado - puedo dar paso a que tu fisiología ponga en su lugar a los dioses que te encauzan en el terror porque eres todo lo que ellos desean. Los dioses, que, como yo, son viejos, nunca se acaban y saben del amor más que lo que tu cuerpo - jardín sin puertas - no puede ni debe comprender. Baja al mundo en que todo se pudre y se desmerece: aquí está el amor sin omisión y sin deudas de todo lo que se marchita desde fuera y para fuera. El oro del corazón del ángel inserto en el espigón ante el mar del miserere celular de lo vivo. Y te salvaré de la vejez porque mi ojo ya está en el lugar donde nada cambia y los hermosos llamáis muerte.