ANOTACIÓN Nº 2588

Aquel melocotón de carne de cañón que puse a secar en el folio del dinero hasta la súplica. La diana que me pinté en la frente de otro. La sien que acompasé al cilindro de un bote de cerveza. La bota de cuero negra que no volvió con mi traje ni conmigo de Villaviciosa. Los retrovisores que afeité con la cara de un amigo esquizofrénico al que reventé los testículos mientras le gritaba que no se levantase. El minué con que desprecié al amiguete que después salté un diente sabiendo que lo haría y al que perseguí como el esclavo que susurraba al oído del César durante años. La música de quijada al cielo de un humano al que no pongo cara y que regalé a una amiga tras una cena de empresa. El estómago con que amenacé al cuchillo jamonero de una amante. El pintalabios que usé en la boca vomitada de un Conan tras dejarlo al borde del coma etílico en el urinario de una boda a la que fui – en los sentidos que eso puede tener –como invitado de blanco. El ojo de tres lunares que ensarté al asta de bandera al agacharme deprisa en lo oscuro de una habitación en obras a la que entré por dinero para lluvia y en la que encontré el Big Bang del verde saturado hasta el blanco de úlcera de película de un rasguido. Los palillos con que hacías crecer patas a las moscas. El mechero y las pinzas para arrancar las alas a los insectos en las horas de siesta. El crujido diferenciado entre la queratina pisada de un ciervo volador y la concha de un caracol de pared encalada. La noche untada de liga en los grillos. Los cuerpos de renacuajos y escuerzos temblando fuera de la charca y dentro de un bote. El tritón el cristal de la pecera la devoración y mi hermano. Todas y cada una de las caras de personas que amé cuando las hice comer miedo. El escaparate donde fui pintor figurativo durante casi veinte segundos restregando la cara de un mudo que hablaba por los codos. La presión de almohada que ensayé por piedad y no ejecuté por temor a la consecuencia cinco veces ante el ocupante de la cama que había tras la puerta que encontrabas según entrabas a la derecha de una casa que ya no existe y que siempre que puedo visito. Las esquirlas de ventilador en el corazón de mi mujer y mis padres. La tensión a la que someto cualquier tipo de amistad. Esta lengua y estos ojos inyectados en demonio que se ponen por delante de todo y contra todo. Todo lo que recuerde es mío y de ahí que no sostenga conscientemente la mirada a la mayor parte de espejos. Pero por favor: la piedra que salió de mi mano y mató al gorrión en pleno vuelo – la sorpresa de dos caras del cegato – los vítores y el ancla haca abajo con el mundo hacia arriba que ya no se me ha ido del plexo, quítamelos. Y llévate estos ojos dentro de dentro de los ojos de regalo. Son como navajas suizas (escribí hace tiempo): sirven para todo y para nada.